Via Crucis presidido por el Papa Benedicto XVI en el año 20011
Cristo padeció por vosotros, dejándoos un ejemplo para que sigamos sus huellas. Fijemos nuestra mirada interior en Cristo, e invoquémoslo con corazón ardiente: «Di a mi alma: “Yo soy tu victoria”. Díselo de manera que lo oiga». Su voz confortadora se entrelaza con el frágil hilo de nuestro «sí» y el Espíritu Santo, dedo de Dios, teje la sólida trama de la fe que conforta y guía. Seguir, creer, orar: éstos son los pasos sencillos y seguros que sostienen nuestro camino a lo largo de la Vía de la Cruz y nos dejan entrever gradualmente el camino de la Verdad y de la Vida.
PRIMERA ESTACIÓN
Jesús es condenado a muerte
Jesús calla; custodia en sí la verdad
V/. Te adoramos
Lectura del Evangelio según san Juan 18, 37-40
“Pilato le dijo: «¿Entonces, tú eres rey?». Jesús le contestó: «Tú lo dices: soy rey. Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad. Todo el que es de la verdad escucha mi voz». Pilato le dijo: «Y ¿qué es la verdad?».
Dicho esto, salió otra vez a donde estaban los judíos y les dijo: «Yo no encuentro en él ninguna culpa. Es costumbre entre vosotros que por Pascua ponga a uno en libertad. ¿Queréis que os suelte al rey de los judíos?». Volvieron a gritar: «A ese no, a Barrabás». El tal Barrabás era un bandido”.
Humilde Jesús,
también nosotros nos dejamos condicionar por lo que está fuera.
Ya no sabemos escuchar la voz sutil,
exigente y liberadora, de nuestra conciencia
que dentro llama e invita amorosamente:
«No salgas fuera, entra dentro de ti mismo:
porque en tu hombre interior reside la verdad».
Ven, Espíritu de la Verdad,
ayúdanos a encontrar en el «hombre escondido
en el fondo de nuestro corazón»
el rostro santo del Hijo
que nos renueva en la semejanza divina.
SEGUNDA ESTACIÓN
Jesús con la cruz a cuestas
Jesús lleva la cruz, carga con el peso de la verdad
V/. Te adoramos
Lectura del Evangelio según san Juan. 19, 6-7. 16-17
“Cuando lo vieron los sumos sacerdotes y los guardias, gritaron: «¡Crucifícalo, crucifícalo!». Pilato les dijo: «Lleváoslo vosotros y crucificadlo, porque yo no encuentro culpa en él». Los judíos le contestaron: «Nosotros tenemos una ley, y según esa ley tiene que morir, porque se ha hecho Hijo de Dios»… Entonces [Pilato] se lo entregó para que lo crucificaran. Tomaron a Jesús, y, cargando él mismo con la cruz, salió al sitio llamado «de la Calavera» (que en hebreo se dice Gólgota).
Humilde Jesús,
en el transcurso cotidiano de la vida
nuestro corazón mira hacia abajo,
a su pequeño mundo,
y, completamente embebido en la búsqueda del propio bienestar,
permanece ciego ante la mano del pobre y del indefenso
que mendiga nuestra escucha y pide auxilio.
A lo sumo se conmueve, pero no se mueve.
Ven, Espíritu de la Verdad
abrasa nuestro corazón y atráelo hacia ti.
«Conserva sano su paladar interior,
para que pueda gustar y beber
la sabiduría, la justicia, la verdad, la eternidad».
TERCERA ESTACIÓN
Jesús cae por primera vez
Jesús cae, pero…, manso y humilde, se levanta
V/. Te adoramos
Lectura del Evangelio según san Mateo. 11, 28-30
«Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera».
Humilde Jesús,
nuestras caídas, entretejidas de fragilidad y pecado,
hieren el orgullo de nuestro corazón,
lo cierran a la gracia de la humildad
e interrumpen nuestro camino hacia ti.
Ven, Espíritu de la Verdad,
líbranos de toda manifestación de autosuficiencia
y concédenos reconocer en cada caída
un peldaño de la escalera para subir hacia ti.
CUARTA ESTACIÓN
Jesús se encuentra con su Madre
Junto a la cruz de Jesús la madre «está»: ésta es su oración y su maternidad
V/. Te adoramos
Lectura del Evangelio según san Juan. 19, 25 – 27
“Junto a la cruz de Jesús estaban su madre, la hermana de su madre, María, la de Cleofás, y María, la Magdalena. Jesús, al ver a su madre y junto a ella al discípulo al que amaba, dijo a su madre: «Mujer, ahí tienes a tu hijo». Luego, dijo al discípulo: «Ahí tienes a tu madre». Y desde aquella hora, el discípulo la recibió como algo propio”.
Humilde Jesús,
cuando las adversidades y las injusticias de la vida,
el dolor inocente y la violencia cruel
nos hacen imprecar contra ti,
tú nos invitas a estar, como tu Madre,
a los pies de la cruz.
Cuando nuestras expectativas y nuestras iniciativas,
vacías de futuro y marcadas por el fracaso,
nos llevan a huir hacia la desesperación,
tú nos llamas a la fuerza de la espera.
¡Hemos olvidado verdaderamente
la importancia del estar como expresión del orar!
Ven, Espíritu de la Verdad,
sé tú el «clamor de nuestro corazón»,
que, incesante e inefable,
está confiadamente en la presencia de Dios.
QUINTA ESTACIÓN
El Cirineo ayuda a Jesús a llevar la cruz
Jesús aprende la obediencia del amor a lo largo del camino de la pasión
V/. Te adoramos
Lectura del Evangelio según san Lucas. 23, 26
“Mientras lo conducían, echaron mano de un cierto Simón de Cirene, que volvía del campo, y le cargaron la cruz, para que la llevase detrás de Jesús”.
Humilde Jesús,
cuando la vida nos propone un cáliz amargo
y difícil de beber,
nuestra naturaleza se cierra, terca,
no osa dejarse atraer por la locura
de ese amor más grande
que convierte la renuncia en alegría,
la obediencia en libertad,
el sacrificio en grandeza del corazón.
Ven, Espíritu de la Verdad,
haznos obedientes a la visita de la cruz,
dóciles a su signo que nos abraza totalmente:
«cuerpo y alma, mente y voluntad,
inteligencia y sentimientos, lo que hacemos y dejamos de hacer»,
y que agranda todo a la medida del amor.
SEXTA ESTACIÓN
La Verónica enjuga el rostro de Jesús
Jesús no mira la apariencia. Jesús mira el corazón
V/. Te adoramos
Lectura de la segunda carta del apóstol san Pablo a los Corintios 4, 6
“Pues el Dios que dijo: «Brille la luz del seno de las tinieblas» ha brillado en nuestros corazones, para que resplandezca el conocimiento de la gloria de Dios reflejada en el rostro de Cristo”.
Humilde Jesús,
nuestra mirada es incapaz de ir más allá:
más allá de la indigencia, para reconocer tu presencia,
más allá de la sombra del pecado,
para descubrir el sol de tu misericordia,
más allá de las arrugas de la Iglesia,
para contemplar el rostro de la Madre.
Ven, Espíritu de la Verdad,
derrama en nuestros ojos «el colirio de la fe»
para que no se dejen atraer
por la apariencia de las cosas visibles,
sino que aprendan el encanto de las invisibles.
SÉPTIMA ESTACIÓN
Jesús cae por segunda vez
Jesús no mostró poder, sino que enseñó paciencia
V/. Te adoramos
Lectura de la primera carta del apóstol san Pedro. 2, 21b-24
“Cristo padeció por vosotros, dejándoos un ejemplo para que sigáis sus huellas. Él no cometió pecado ni encontraron engaño en su boca. Él no devolvía el insulto cuando lo insultaban; sufriendo, no profería amenazas; sino que se entregaba al que juzga rectamente. Él llevó nuestros pecados en su cuerpo hasta el leño, para que, muertos a los pecados, vivamos para la justicia. Con sus heridas fuisteis curados”.
Humilde Jesús,
en las injusticias y adversidades de esta vida
nosotros no resistimos con paciencia.
Frecuentemente pedimos, como signo de tu potencia,
que nos libres del peso del madero de nuestra cruz.
Ven, Espíritu de la Verdad,
enséñanos a caminar según el ejemplo de Cristo
para «cumplir sus grandes preceptos de paciencia
con la preparación del corazón»
OCTAVA ESTACIÓN
Jesús encuentra a las mujeres de Jerusalén que lloran por él
Jesús nos mira y suscita el llanto de la conversión
V/. Te adoramos
Lectura del Evangelio según san Lucas. 23, 27 – 31
“Lo seguía un gran gentío del pueblo, y de mujeres que se golpeaban el pecho y lanzaban lamentos por él. Jesús se volvió hacia ellas y les dijo: «Hijas de Jerusalén, no lloréis por mí, llorad por vosotras y por vuestros hijos, porque mirad que vienen días en los que dirán: “Bienaventuradas las estériles y los vientres que no han dado a luz y los pechos que no han criado”. Entonces empezarán a decirles a los montes: “Caed sobre nosotros”, y a las colinas: “Cubridnos”; porque, si esto hacen con el leño verde, ¿qué harán con el seco?».
Humilde Jesús,
en tu cuerpo sufriente y maltratado,
denigrado y escarnecido,
no sabemos reconocer
las heridas de nuestra infidelidad
y de nuestras ambiciones,
de nuestras traiciones y de nuestras rebeliones.
Son heridas que gimen
e invocan el bálsamo de nuestra conversión,
mientras nosotros hoy ya no sabemos llorar
por nuestros pecados.
Ven, Espíritu de la Verdad,
¡derrama sobre nosotros el don de la Sabiduría!
En la luz del amor que salva
danos el conocimiento de nuestra miseria,
«las lágrimas que deshacen la culpa,
el llanto que merece el perdón»
NOVENA ESTACIÓN
Jesús cae por tercera vez
Jesús, con su debilidad, fortalece nuestra fragilidad
V/. Te adoramos
Lectura del Evangelio según san Lucas. 22, 28-30a. 31-32.
«Vosotros sois los que habéis perseverado conmigo en mis pruebas, y yo preparo para vosotros el reino como me lo preparó mi Padre a mí, de forma que comáis y bebáis a mi mesa en mi reino…
Simón, Simón, mira que Satanás os ha reclamado para cribaros como trigo. Pero yo he pedido por ti, para que tu fe no se apague. Y tú, cuando te hayas convertido, confirma a tus hermanos».
Humilde Jesús,
ante las pruebas que criban nuestra fe
nos sentimos desolados:
no nos acabamos de creer que nuestras pruebas
hayan sido ya las tuyas,
y que tú nos invitas simplemente
a vivirlas contigo.
¡Ven, Espíritu de la Verdad,
en las caídas que marcan nuestro camino!
Enséñanos a apoyarnos en la fidelidad de Jesús,
a creer en su oración por nosotros,
para acoger esa corriente de fuerza
que sólo él, el Dios con nosotros, puede darnos.
DÉCIMA ESTACIÓN
Jesús es despojado de sus vestiduras
Jesús queda desnudo para revestirnos con la vestidura de hijos
V/. Te adoramos
Lectura del Evangelio según san Juan. 19, 23 – 24
“Los soldados… cogieron su ropa, haciendo cuatro partes, una para cada soldado, y apartaron la túnica. Era una túnica sin costura, tejida toda de una pieza de arriba abajo. Y se dijeron: «No la rasguemos, sino echémosla a suertes, a ver a quién le toca». Así se cumplió la Escritura: «Se repartieron mis ropas y echaron a suerte mi túnica». Esto hicieron los soldados”.
Humilde Jesús,
delante de tu desnudez
descubrimos lo esencial
de nuestra vida y de nuestra alegría:
ser en ti hijos del Padre.
Pero confesamos también la resistencia
a abrazar la pobreza como dependencia del Padre,
a acoger la desnudez como hábito filial.
Ven, Espíritu de la Verdad,
ayúdanos a reconocer y a bendecir
en cada expolio que sufrimos
una cita con la verdad de nuestro ser,
un trampolín que nos lanza
hacia el abrazo filial con el Padre.
UNDÉCIMA ESTACIÓN
Jesús es clavado en la cruz
Jesús, elevado sobre la tierra, atrae a todos hacia sí
V/. Te adoramos
Lectura del Evangelio según san Juan. 19, 18-22
“Lo crucificaron y con él a otros dos, uno a cada lado, y en medio, Jesús. Y Pilato escribió un letrero y lo puso encima de la cruz; en él estaba escrito: «Jesús, el Nazareno, el rey de los judíos». Leyeron el letrero muchos judíos, porque estaba cerca el lugar donde crucificaron a Jesús, y estaba escrito en hebreo, latín y griego. Entonces los sumos sacerdotes de los judíos dijeron a Pilato: «No escribas: “El Rey de los judíos”, sino: “Este ha dicho: Soy el rey de los judíos”». Pilato les contestó: «Lo escrito, escrito está».
Señor Jesús, crucificado por nosotros.
Tú eres la confesión
del gran amor del Padre por la humanidad,
el icono de la única verdad creíble.
Atráenos hacia ti,
para que aprendamos a vivir
«por amor de tu amor».
Ven, Espíritu de la Verdad,
ayúdanos a elegir siempre a «Dios y su voluntad
frente a los intereses del mundo y sus poderes,
para descubrir, en la impotencia externa del Crucificado,
la potencia siempre nueva de la verdad».
DUODÉCIMA ESTACIÓN
Jesús muere en la cruz
Jesús vive su muerte como un don de amor
V/. Te adoramos
Lectura del Evangelio según san Juan. 19, 28 – 30
“Sabiendo Jesús que ya todo estaba cumplido, para que se cumpliera la Escritura, dijo: «Tengo sed». Había allí un jarro lleno de vinagre. Y, sujetando una esponja empapada en vinagre a una caña de hisopo, se la acercaron a la boca. Jesús, cuando tomó el vinagre, dijo: «Está cumplido». E, inclinando la cabeza, entregó el espíritu”.
¡Señor Jesús, muerto por nosotros!
Tú pides para dar,
mueres para entregar y,
al mismo tiempo, nos haces descubrir en el don de sí mismo
el gesto que crea el espacio de la unidad.
Perdona el vinagre de nuestro rechazo
y de nuestra incredulidad,
perdona la sordera de nuestro corazón
a tu grito sediento
que sigue subiendo desde el dolor de tantos hermanos.
Ven, Espíritu Santo,
heredad del Hijo que muere por nosotros:
sé tú el faro que nos guíe
«hasta la verdad plena»
y «la raíz que nos conserve en la unidad».
DECIMOTERCERA ESTACIÓN
Jesús es bajado de la cruz y entregado a su Madre
El cuerpo de Jesús es acogido en el abrazo de la Madre
V/. Te adoramos
Lectura del Evangelio según san Juan. 19, 32-35.38
“Fueron los soldados, le quebraron las piernas al primero y luego al otro que habían crucificado con él; pero al llegar a Jesús, viendo que ya había muerto, no le quebraron las piernas, sino que uno de los soldados, con la lanza, le traspasó el costado, y al punto salió sangre y agua. El que lo vio da testimonio, y su testimonio es verdadero, y él sabe que dice la verdad, para que también vosotros creáis. Después de esto, José de Arimatea, que era discípulo de Jesús, aunque oculto por miedo a los judíos, pidió a Pilato que le dejara llevarse el cuerpo de Jesús. Y Pilato lo autorizó. Él fue entonces y se llevó el cuerpo”.
Señor Jesús,
entregado a la madre, figura de la Iglesia-Madre.
Ante del icono de la Piedad
aprendemos la entrega al sí del amor,
al abandono y la acogida,
la confianza y la atención concreta,
la ternura que sana la vida y suscita la alegría.
Ven, Espíritu Santo,
guíanos, como has guiado a María,
en la gratuidad irradiante del amor
«derramado por Dios en nuestros corazones
con el don de tu presencia»
DECIMOCUARTA ESTACIÓN
Jesús es puesto en el sepulcro
La tierra del silencio y de la espera custodia a Jesús, semilla fecunda de vida nueva
V/. Te adoramos
Lectura del Evangelio según san Juan. 19, 40-42
“Tomaron el cuerpo de Jesús y lo envolvieron en los lienzos con los aromas, según se acostumbra a enterrar entre los judíos. Había un huerto en el sitio donde lo crucificaron, y en el huerto, un sepulcro nuevo donde nadie había sido enterrado todavía. Y como para los judíos era el día de la Preparación, y el sepulcro estaba cerca, pusieron allí a Jesús”.
Ahora la voz de «Dios habla en el gran silencio del corazón»
Padrenuestro.
